Justicia poética

Una historia millenial del fútbol argentino

Nací una semana antes que Messi, llegué temprano para que fuera mi ídolo. Cuando Messi debutaba, yo terminaba la secundaria. Tarde para Maradona y temprano para Messi, mi tiempo fue el de Riquelme, el eslabón perdido, el que reemplazó a Diego en su último partido y precedió a Lionel como dueño de la Selección.

Armado únicamente de la mitología heredada de mi viejo, mi Olimpo estaba compuesto por Maradona, Caniggia y Batistuta. Las imágenes que tengo del Mundial 94 fueron insertadas retroactivamente por YouTube pero me acuerdo del álbum de figuritas, con su abundancia de melenas noventosas, de la tarea de dibujar las banderas de Nigeria, Grecia y Bulgaria en el cuaderno de primer grado, de la maestra avisándonos que los nigerianos eran brutos que pegaban patadas. Del colegio congregado en el gimnasio para mirar el primer partido. De los adultos resignados cuando, ya sin Maradona, Rumania nos dejaba afuera.

Unos meses después de la eliminación, Passarella iniciaría su Proceso de Reorganización de la Selección Nacional. Si Maradona era Dios, entonces Daniel Alberto era el Anticristo o, en todo caso, el Gran Inquisidor, un Torquemada que quería limpiar cualquier rastro del pasado reciente, implantar una colimba de pelo corto y poner en el freezer al puñado de jugadores de elite que nos quedaban. Tuve que buscar consuelo en otra parte.

La primera competencia que seguí con atención fue el Mundial sub-20 de Malasia. Un grupo de chicos que jugaban bien y jugaban limpio, dirigidos por un señor canoso con facha de dentista y voz de fumador crónico. Estaban Scaloni, Aimar y Cambiasso, pero sobre todo estaba Riquelme, el que decían que era el futuro de Boca. Argentina ganó aquel Mundial: había vida después de Diego.

En esos años me hice definitivamente futbolero. Cambié mis figuritas por las del torneo local, seguía los partidos en directo de los lunes y los viernes, los relatos de Fantino en Radio Mitre, los resúmenes de Macaya y Araujo en Fútbol de Primera, las Campañas de Bonadeo y Lo Mejor Fútbol de Fabbri. Jugaba al PC Fútbol con mis compañeros del colegio y al Gran DT contra mi viejo y sus amigos. Pero me faltaba algo.

Mis amigos de River se cansaban de dar vueltas olímpicas y los demás se improvisaban como hinchas de un Vélez campeón de todo, pero a Boca no parecía alcanzarle ni con Salvador Bilardo, ni con el Dream Team, ni con Maradona ni con Caniggia. Tuvo que llegar ese señor de rulos blancos, el que decían que tenía el celular de Dios. Si la leyenda era cierta, Bianchi era el elegido para romper la maldición. Y no solo sacó campeón a Boca después de ocho años sino que lo hizo dos veces seguidas, sin perder un partido. Con Riquelme de manija y con Palermo de goleador. Y, enseguida, como antes Vélez, Boca pasó a ser el mejor equipo del mundo.

A los 23 años, mi ídolo Riquelme era el mejor jugador de América, campeón y figura de un Mundial sub-20, tres torneos locales, dos Libertadores y una Intercontinental. Riquelme estaba destinado a elevarse a héroe nacional, a instalarse en la elite europea, a hacerse dueño de la Selección y, quién sabe, tener como Maradona su Mundial.

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Después crecimos y nos fuimos del barrio. El Mundial del 2002 no fue un bálsamo, no nos rescató del 2001 como el 86 nos había rescatado del 82. El 2002 fue hundir un poco más la cara en la mierda. Tuvimos que ver a os primos —que según la mitología no existían sin Pelé y eran hijos nuestros— meter su tercera final consecutiva, sumar la quinta estrella y convertirse en los dueños indiscutibles del deporte. El ciclo glorioso de Boca nunca se trasladó a la Selección. El proceso de Pékerman se diluyó en unos cuartos de final con gusto a poco. Cinco generaciones campeonas sub-20 resultaron insuficientes para pelear un Mundial con la mayor, para una Copa América, para hacerle partido a Brasil. Sin finales ganadas —sin finales felices—, la derrota se volvió parte de nuestra identidad futbolera.

Nos volvimos con nostalgia tanguera hacia el pasado, como uruguayos o hinchas de Racing. Nos dedicamos a pensar ucronías, universos alternativos, si mi abuela no se hubiera muerto, estaría viva. Qué habría pasado si no hubieran cobrado ese penal en el 90, si no hubieran sacado a Diego en el 94, si Ortega no se hubiera hecho expulsar, si Bielsa hubiera llevado a Saviola y a Riquelme, si hubiera renunciado en el 2002 o hubiera seguido en el 2004, si Pékerman hubiera puesto a Messi o no hubiera sacado a Román, si el Pato no se hubiera lesionado, si Messi hubiera empezado su carrera mundialista con un título, si hubíeramos vuelto a sostener a un técnico por cuatro años, si Pékerman hubiera seguido o no le hubieran hecho la cama a Basile, si hubiéramos ganado la Copa América, si Riquelme no hubiera renunciado, si Maradona no se hubiera regalado contra Alemania, si no le hubieran dado la Selección a Batista, si los uruguayos no nos hubieran ganado de guapos en casa, si Agüero no se hubiera lesionado, si hubiera entrado la de Higuaín, o la de Messi, si hubieran cobrado el penal de Neuer, si Palacio la hubiera tirado por abajo, si Di María hubiera llegado a la final y hubiera sido él en vez de Palacio el que la tiraba por arriba, si la defensa no se hubiera distraído esa única vez en todo el partido, si Higuaín la hubiera metido contra Chile, si no hubieran expulsado a Marcos Rojo, si hubieran entrado los penales, si no hubiera renunciado Martino, si no se hubiera muerto Grondona, si hubiera entrado el penal contra Islandia, si hubiera atajado Armani en vez de Caballero, si no hubiéramos jugado con “falso nueve” o aunque sea hubiera entrado aquella bocha del final.

La adolescencia fue asumir que igual de caótica que la vida real era la trama del fútbol, un deporte de once contra once en el que, al final, siempre gana Alemania… y pierde la Argentina. No había héroes, no había justicia poética, no ganaban los buenos sino que las postergaciones se sucedían infinitamente como en las pesadillas, un volver a empezar cada vez que nos acercábamos a la meta.

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Hace 49 partidos que Boca no hace un gol de tiro libre, dice Fabbri. Román procede con su ritual: le da un beso a la pelota, acomoda, se queja varias veces de la distancia. River gana 1 a 0, quedan veinte minutos. Todo superclásico es un fin en sí mismo pero esta vez hay mucho más en juego: mantener las chances de campeonato, bajar a River, proteger el prestigio de Bianchi y, sobre todo, mandarle un mensaje a la dirigencia. Porque a Riquelme se le termina el contrato y la relación con Angelici está rota. No hay Copa Libertadores, no quedan partidos importantes en el semestre, este Boca-River podría ser el último. Pero nada de eso importa. Más allá de la inteligencia, de la capacidad técnica, sin importar su actualidad y su estado físico, si hay una cosa que tiene Riquelme es carácter: Román se agranda en las difíciles.

Ahí va: dos o tres pasos y la pelota gira, pasa por encima de la barrera y baja lo justo para rozar el travesaño y entrar lejísimos de Barovero, que se queda congelado. Quizás sea el mejor tiro libre de Riquelme, quizás sea el último. Riquelme corre a gritar el gol y se toma un tiempo para acercarse al banco de River, le habla a Ramón Díaz, le dice acá no, del patio de su casa no se va a llevar una victoria. No vemos la cara del técnico de River pero podemos imaginar que responde como lo hace siempre: con una sonrisa. Del otro lado, Bianchi aplaude. Los nombres son los mismos que hace 15 años pero los hombres están todos de vuelta: un Ramón Díaz gasolero, un Riquelme sin contrato, un Bianchi que no tiene el WhatsApp de Dios.

Todo queda en su lugar, quien quizás haya jugado los superclásicos mejor que nadie se despide con broche de oro, un cierre para la historia. Pero después sale sustituido. Y, después, desde el banco, ve cómo River lo da vuelta a falta de cinco minutos. Ramón Díaz se lleva la victoria, la primera de River en diez años. Riquelme sale perdiendo de los superclásicos, su gol idílico nos valió apenas quince minutos de felicidad, en un segundo pasó de la leyenda al compilado sin contexto de YouTube.

El héroe de mi generación se fue de Boca, se retiró jugando el ascenso para Argentinos Jrs., un libro al que le arrancaron demasiadas páginas.

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Durante el Mundial de Qatar circuló un meme en el que alguien acusaba a un argentino de que la Copa estaba arreglada y el argentino respondía: Ojalá. Dios te oiga. Para nosotros, hace rato esto había dejado de ser una competencia deportiva, ganar era una necesidad nacional. Y los festejos posteriores demostraron que la victoria argentina era el mejor final posible, porque era el que maximizaba la cantidad de felicidad en el mundo. Ningún otro pueblo hubiera valorado tanto la victoria.

¿Fueron esos arbitrajes extravagantes —los penales mancha, el offside semiautomático, los descuentos infinitos– una maniobra para extremar las emociones, para renovar el espectáculo en tiempos de redes sociales, para maquillar el negocio con un poco de épica y que nos creamos por última vez que los buenos ganan, que la magia del potrero rosarino todavía puede contra la mecánica y la estadística? Pero si el Mundial estuvo guionado, ¿cómo explicamos todo lo demás?

¿Cómo explicamos esa combinación de superioridad deportiva y calvario? ¿Cómo explicamos el partido perfecto contra Brasil, la pared derribada por Di María, la peor derrota en mundiales contra Arabia Saudita, el nudo en la garganta de Aimar, los cambios quirúrgicos de Scaloni, los suplentes que juegan mejor que los titulares, los volantes que vuelan, el penal errado y el gol de Messi contra México? ¿Cómo explicamos el pase a Molina y el paseo a Gvardiol, el empate de Holanda en el último minuto, los penales del Dibu? ¿Cómo explicamos que Di María esta vez sí haya llegado entero a la final, que la haya descocido y que haya hecho el gol que todos sabíamos que iba a hacer, un gol que es la síntesis del fútbol argentino? ¿Cómo explicamos ese tango de 80 minutos en una final del mundo, haber puesto de rodillas al campeón y apagado a su estrella y que después todo se derrumbe; que hayamos encontrado un oasis futbolístico en un desierto de terror, que hayamos sobrevivido al golpe por golpe contra Francia y que quede tiempo para otro gol de Messi y otro empate y para la mayor atajada de la historia del fútbol?

Como Leo antes de la final de la Copa América, nosotros no creemos en las casualidades. Como casi todo el mundo futbolero, nos negábamos a aceptar que terminara su carrera sin esa Copa, no por el jugador que fue sino por cómo la buscó, por el viaje que hizo, por el héroe que es. Aunque quede mal una comparación con el básquet, el Mundial de Messi fue como la palomita de Ginóbili, fue dar vuelta la historia en el último segundo, cuando ya no quedaba nada más que golpear el suelo. Un Mundial que no solo deshizo el papelón del 2018 y cerró la herida del 2014 sino que —con el Topo Giggio a Van Gaal, con Pékerman mirando desde la tribuna— rescató a la generación perdida, la que nos había roto el corazón en 2006, nos devolvió la fe. Tenía que ser así, para que todo cobre sentido y que las armas que nos mostraron en el primer acto —ese larguísimo primer acto de 20 años— se disparasen todas juntas en el final. Para que la historia de Lionel tenga final feliz, para que rime y sea fácil contársela a nuestros hijos. Y que siga la melodía.



06/02/2023 #fútbol #literatura #memorias
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Facundo Olano Cuando Messi debutaba, yo terminaba la secundaria. Tarde para Maradona y temprano para Messi, mi tiempo fue el de Riquelme, el eslabón perdido, el que reemplazó a Diego en su último partido y precedió a Lionel como dueño de la Selección.