En realidad quería hablar de David Foster Wallace

1.​ Mi primera noticia sobre David Foster Wallace la tuve en 2013 por un post de Martín Zariello, después incluido en su libro En realidad quería hablar de otra cosa. El post se titula Hablemos de David Foster Wallace (y probablemente haya alrededor de 57 notas con este mismo título, suponiendo que esto es una “nota”), parafraseando al ensayo Hablemos de Langostas de Foster Wallace. Ni falta hace aclarar que el título de mi post (este) iba a ser también Hablemos de David Foster Wallace, hasta que releí el de Zariello. (Ya que aquel robo a Foster Wallace invalidó el mío, creo que robar en su lugar un título a Zariello es la manera justa de cerrar el círculo). El post de Zariello, que me parece brillante, hoy me interesa más por lo que dice sobre blogging que por lo que tiene para decir sobre Foster Wallace. Zariello dice: “Con el auge de twitter, el blog se convirtió en un espacio anacrónico”. (Lo dice en 2013. Si en 2013 escribir en un blog era anacrónico, en 2025 es el equivalente web de ese cosplay medieval que hacen algunos nerdos yanquis). Después improvisa un canon de ensayistas, no ensayistas menores, porque varios de ellos son largamente célebres, sino ensayistas de la nota al paso, del ensayo chiquito, ensayistas al corte. Y dice que un bloguero que se precie debe leerlos y releerlos a todos ellos. Habla del Borges de los Textos cautivos y de los prólogos, de las Aguafuertes de Arlt, del Saer de El concepto de ficción, del Fabián Casas de Ensayos bonsái, del Fogwill de Los libros de la guerra, del Bolaño Entre Paréntesis, del Feiling Con toda intención. (Me complace descubrir que yo, que en 2013 solo leía ficción, con los años fui leyendo cada uno de esos libros). (Yo pondría a Zariello en ese canon). (Pero no pondría ahí, como sí hace él, a David Foster Wallace, que me parece una bestia de otra especie). No solo debe leerlos, el bloguero argentino, sino copiarlos, a todos, a la vez:

Si copia a uno solo queda como un estúpido, pero si copia a todos juntos queda como un estúpido que leyó. Un bloguero debe renunciar a la idea de que puede inventar algo: en ese caso, no estaría escribiendo en un blog. Un bloguero debe renunciar a la idea de que está haciendo literatura, periodismo, poesía. Está blogueando, o cómo mierda se llame lo que hace un bloguero. Lo demás, lo importante, lo hacen los otros. Y ésa es la mayor carencia y la mayor virtud de un bloguero. Si lo importante pasa en otro lado, si la legitimidad la da una página impresa en papel, si nadie te lee, si nadie te paga, entonces sos un imbécil, pero al mismo tiempo, no respondés a nadie, no tenés nada que perder, tenés libertad absoluta para escribir lo que se te cante.

Así como Borges propuso que el escritor argentino, por no estar atado a ninguna tradición, abreva en todas, Zariello propone que el bloguero argentino, por no ser escritor, por no deberle nada a nadie y no tener nada que perder, tiene el derecho y la obligación de robarles a todos. Lo cual viene bien, porque el robo es nuestro procedimiento creativo por excelencia. Un argentino nunca es tan genial como cuando puede robar.



2.​ Supe de Foster Wallace por aquel post, pero no lo leí. Como suele pasarme necesito un segundo incentivo para entrar en un autor o en una obra. En este caso fue una biopic elegida al voleo durante un viaje en avión. No me acuerdo el año, ni de dónde venía, ni con quién, pero sí me acuerdo de, o en todo caso incorporo a recuerdos parecidos, la pantallita en el respaldo del asiento —esa pantallita que uno ve multiplicarse ominosamente cuando vuelve del baño—, las sobras de pollo-o-pasta apiladas sobre la bandeja desplegable, los auriculares descartables en los que se escuchaba mejor el murmullo aéreo que el diálogo de la película, los popups anticlimáticos cada vez que el piloto irrumpía con un anuncio. El Foster Wallace de la película (Jason Segel (Marshall en How I Met Your Mother)) recibe a un periodista (Jesse Eisenberg (Zuckerberg en Social Network)), creo que de la Rolling Stone, para una entrevista en casa del escritor. Zuckerberg quedó fascinado con La broma infinita y convence a su editor de que lo mande a entrevistar a Marshall. No me acuerdo de qué va la conversación. Sí me acuerdo de que Zuckerberg le pregunta qué onda con esa bandana que se pone, y que Marshall se ofende, aduciendo que la necesita porque transpira mucho; que Zuckerberg le ofrece hacerle gancho con Alanis Morissette, que figura en un póster en la pared de Marshall, y que le revisa los medicamentos del botiquín cuando pasa al baño. En retrospectiva me parece insólito que se las hayan arreglado para armar una película alrededor de una entrevista a un escritor oscuro de los ‘90, pero lo cierto es que a mi la peli me entretuvo y me dejó con ganas de leer algo de Foster Wallace.



3.​ Como su Magnum Opus, La broma infinita, es verdaderamente magnum —un mamotreto de 1079 páginas— preferí empezar por algo más accesible: Hablemos de Langostas, el libro de ensayos que recomendaba Zariello. Me lo bajé para leer en el Kindle, pero resulta que los ensayos de Foster Wallace —como toda su obra, según aprendí— son a su vez pequeños mamotretos, llenos de derivas y digresiones y notas al pie que no siempre describen grafos acíclicos, nada más lejos de los ensayitos del canon bloguero. El primer texto del libro es un ensayo de 100 páginas sobre una convención de cine porno a la que el escritor asistió, un tema que no me despertaba ningún interés —solo después supe que el tratamiento de temas a priori carentes de interés es un poco la gracia de los ensayos de David Foster Wallace. Así que el libro nunca lo empecé. Después me compré La niña del pelo raro, una colección de cuentos también larguísimos, lo que no necesariamente sería un problema, de no ser porque la temática y el público al que están dirigidos son tan yanquis que me dieron arcadas. Hablo de cuentos protagonizados por el conductor de Jeopardy! y el vicepresidente Lyndon B. Johnson. Así que ese libro lo abandoné por la mitad y lo vendí, y por unos años me olvidé de David Foster Wallace. El autor volvió entrar en mi radar este verano, con un texto sobre David Lynch del que ya escribí en otro post. Foster Wallace visitó en el `96 el set de Lost Highway por encargo de la revista de cine Premiere, para escribir un nuevo ensayo de la serie imaginaria David Foster Wallace en lugares. Otros ensayos de esa serie los escribió en una convención agrícolo-ganadera corte La Rural, en un crucero all inclusive, en el US Open, en la mentada conferencia porno y en el concurso de langostas que da nombre al libro de ensayos. Si bien escritor en lugares suena remanido, entiendo que fue David Foster Wallace quien inventó el formato o lo modernizó o lo popularizó en los noventa o, por lo menos, según yo, fue quien más jugo le sacó. En todos los casos, como en el de Lynch, alguna revista lo mandaba al evento en cuestión para que escribiera una crónica de tres o cuatro páginas y en su lugar recibía un ensayo de 100, sembrados de notas al pie, que los editores procedían a recortar a 30, resultando igualmente en los artículos más largos alguna vez publicados por las respectivas revistas. David Foster Wallace, por su lado, se quedaba con el “corte del director” de cada artículo, que después publicaba en sus libros de ensayos.



4.​ El taller lo dictaba Tamara Tenenbaum, de quien no leí sus libros pero sí sus intervenciones en Twitter y algunas de sus columnas en el diario, que a veces me gustan y otras me resultan algo snob y excesivamente autorreferenciales. El taller, por otro lado, no era taller sino más bien una serie de clases, que más que clases eran lecturas comentadas de ensayos selectos. En el primer encuentro Tamara Tenenbaum leyó El álbum blanco de Joan Didion y en el segundo E unibus pluram. E unibus pluram no pertenece a la serie David Foster Wallace en lugares sino a la serie David Foster Wallace perdido en los laberintos de su mente. El ensayo es tan largo que no llegué a leerlo a tiempo y mucho menos llegó Tamara Tenenbaum a terminarlo en clase; en lugar de eso se concentró en algunos fragmentos salteados, suficientes para convencerme de lo genial y premonitorio del mundo actual que es el análisis que David Foster Wallace hace sobre la televisión y la cultura de masas en los ‘90. Tamara Tenenbaum dice que un ensayo medianamente bien escrito debería tener una tesis, aunque el autor no la explicite o aunque no la conozca cuando empieza a escribir. En El álbum blanco, la tesis queda dicha de entrada:

Nos contamos historias para vivir. Vivimos enteramente, en especial si somos escritores, de la imposición de una línea narrativa sobre imágenes dispares, vivimos de las “ideas” con las que hemos aprendido a congelar la fantasmagoría fluctuante que es en realidad nuestra experiencia.

La tesis de E unibus pluram es un poco más esquiva para el lector, algo que quizás haya notado David Foster Wallace porque hacia la mitad del texto pone una sección títulada Tengo una tesis en la que procede a explicarla:

Voy a afirmar que la ironía y el ridículo entretienen y son efectivos, pero al mismo tiempo son agentes de una desesperación enorme y de una parálisis de la cultura americana, y que para los aspirantes a narradores plantean unos problemas especialmente terribles.

Esta tesis sobre la necesidad de una tesis en el ensayo no me gusta tanto, en parte porque leo textos de no ficción como si leyera cuentos; me interesa más que el autor me convenza de seguir leyendo casi sin darme cuenta, aunque no entienda bien el punto que quiere mostrar, más por su voz y por la historia y las imágenes que suscita —la fantasmagoría fluctuante de la experiencia— que por los argumentos que pretende sostener. Tampoco me gusta porque cuando escribo me acomoda no saber de qué estoy hablando, me sienta bien ir sin rumbo y sin tesis. Lo bueno es que, como no soy ensayista sino bloguero en 2025, en esta página puedo hacer exactamente eso.



5.​ En la clínica descartaron relativamente rápido que tuviera algo grave, pero igual me dejaron un par de noches en observación para precisar un diagnóstico. El resto de los pacientes con los que compartía la sala, todos muy mayores que yo, sí que habían tenido episodios cardiovasculares peligrosos y los enfermeros trataban de convencerlos de que mejoraran su alimentación y su estilo de vida. Yo me sentía más bien un intruso, un poco culpable por sentirme bien pero aliviado de no darles trabajo y de poder ir solo al baño. Bueno, aliviado también de que aparentemente no me iba a morir en lo inmediato. Se me ocurrió que estar internado, mirando la tele encendida las 24 horas, inmovilizado en un asiento reclinable, con cables colgando alrededor y recibiendo comida genérica en bandejitas, no era muy distinto a viajar en avión, un viaje interminable y con destino más frecuentemente trágico, y que a su vez estas dos cosas no serían tan distintas, supuse, a viajar en un crucero de lujo, algo supuestamente divertido que nunca iba a hacer. En esos días sin nada para llenar el tiempo hice algunos intentos de retomar la lectura de E unibus pluram pero, aunque ya no había destello ominoso en el ojo derecho y las letras del Kindle eran perfectamente discernibles, las palabras y las frases que conformaban me resultaban totalmente vacías. Al final desistí, razonando que ya le había sacado todo lo que le iba a poder sacar a ese ensayo y que si me resultaba tan engorroso al cabo que ni quería leerlo, por más brillante y premonitorio y esclarecedor que fuera; razonando eso y quizás asignando una cierta carga negativa a ese bloque de texto, como si completar su lectura fuera desaconsejable, como si equivaliera a mirarse en un espejo a medianoche con una vela encendida y una manzana en la mano, como si ese ensayo maligno fuera equiparable a la película de la que habla Foster Wallace en La broma infinita, que obsesiona a sus espectadores hasta matarlos de inanición, o al chiste asesino de los Monty Python, que mata de risa a quien lo escucha y que los ingleses usan para ganarle la guerra a los nazis, o a La broma infinita (la novela propiamente dicha), que en la película Liberal Arts empuja a un estudiante depresivo a la autodestrucción.



6.​ Para David Foster Wallace el tenis está ligado a su adolescencia, a las matemáticas, al estado de Illinois donde creció —a la geometría del territorio y a las inclemencias del clima. Se destacó en torneos juveniles en base a un par de talentos improbables: su capacidad de cálculo —que le permitía no solo considerar sus glopes y los del rival sino la inclinación del terreno, los baches en la pista, el calor y el viento— y una paciencia casi zen para insistir con golpes aburridos a la espera del error rival:

No puedo calcular ni por asomo cuántos partidos de torneo gané entre los doce y los quince años contra oponentes más grandes, más rápidos, mejor coordinados y mejor entrenados que yo, simplemente tirando bolas de forma poca imaginativa al centro de la pista en medio de ventiscas esquizofrénicas y dejando que el otro chico jugara con más brío y gracia, esperando a que bastantes de sus bolas más ambiciosas dirigidas a las inmediaciones de las líneas se torcieran o fueran arrastradas por el viento fuera de la pista verde y las líneas blancas hasta el territorio rojo ladrillo y de ese modo lograr otro punto. No resultaba bonito ni divertido para el espectador, e incluso en medio del viento de Illinois nunca podría haber ganado partidos enteros de aquella forma si mi oponente no hubiera sufrido eventualmente una crisis nerviosa y hubiera sucumbido ante la injusticia obvia de perder frente a un «espantajo» estrecho de pecho por culpa de aquellas pistas rurales de mierda y aquel maldito viento que recompensaban los automatismos cautelosos en lugar del brío y la gracia. Yo era un jugador poco popular, y con razón.

Illinois es famosamente ventoso y en particular la zona donde vivía y jugaba Foster Wallace se conocía como “el corredor de los tornados”, fenómeno con el que los lugareños convivían como los israelíes con las bombas. Todo el encanto tenístico de Foster Wallace se rompía en cuanto sus victorias lo llevaban a competir fuera de ese, su hábitat natural, en pistas relucientes con aparatos cortaviento:

Ahora pienso que el viento, los bichos y los agujeros formaban para mí una especie de territorio interior, mi propio sistema personal de líneas. En cuanto dispuse de instalaciones de torneo con cierta calidad quedé discapacitado porque fui incapaz de acomodarme a la falta de discapacidades a las que acomodarme.

Este recorrido adolescente por el Medio Oeste norteamericano del primer ensayo de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, prepara el terreno para la epifanía del final —una escena bellísima en la que Foster Wallace y su amigo y archirrival Gil Antitoi entrenan absortos en la noche, tan concentrados en correr hasta la línea y devolver la pelota que no se enteran de que están envueltos en un tornado— y nos da el marco para leer mejor todo lo otro que el autor escribió sobre tenis.



7.​ El primer partido de tenis que miré fue la final de Wimbledon 2002 entre Nalbandian y Hewitt. La vi con mi viejo, que no seguía tenis pero que estaba pendiente de cualquier evento deportivo en que un argentino se pudiera destacar. Mi viejo me explicó aproximativamente esas reglas rebuscadas con su absurda serie de punteo: 0, 15, 30, 40. El segundo, tercer, cuarto, quinto y sexto partidos los vi semanas después, cuando Argentina jugó la semifinal de la Copa Davis contra Rusia. Otra derrota heróica de Nalbandian. Esta vez mi viejo tuvo que explicarme la absurda serie de partidos de fin de semana y las particularidades de los dobles. A partir de ahí empecé a seguir a los argentinos en el circuito, que en esa época eran muchos y estaban por ingresar en su etapa más exitosa. Casi diría que me fanaticé con el tenis por un par de años, digamos entre 2003 y 2006, coincidiendo aproximadamente con mi paso por la secundaria y el paso de Guillermo Coria por la elite del tenis mundial. Después se me acabó el tiempo y a Coria y la mayoría de los otros argentinos se les acabó la nafta, con la excepción de Nalbandian —que dos o tres veces al año se acordaba de que era tenista profesional— y de Del Potro —que era el más joven y el mejor de todos y sería el último. No sé cual habrá sido el último partido de tenis que miré con interés emocional. Probablemente la segunda final de US Open de Del Potro, en 2018, contra Djokovic. Todo esto para decir que, si bien no me es para nada indiferente, hace muchos años que el tenis dejó de importarme. Pero, entonces, si el tenis me interesa menos que el fútbol, ¿por qué quiero leer sobre Gaudio y Coria en París y no sobre Messi en Lusail? ¿Por qué, si nunca la vi jugar, me interesa más el arco narrativo de Gaby Sabatini que el de Riquelme? ¿Por qué hago el intento con las memorias de Agassi quien, a decir de David Foster Wallace, tiene los movimientos de un músico de heavy metal y el encanto de una puta portuaria? ¿Por qué prefiero leer a Foster Wallace hablando de Federer que a Karl Ove Knausgaard hablando de Di María? Hay algo en el tenis que pide ser escrito, sí, y hay algo en mí que me predispone a leerlo, pero hay, sobre todo, algo en David Foster Wallace que lo hizo el escritor perfecto para contarnos el tenis, para contarnos el mundo a través del tenis, para contarnos la vida posmoderna a través del tenis.



8.​ Foster Wallace escribió sobre Tracy Austin, una estrella fugaz del tenis femenino, algo así como una Gaby Sabatini yanqui; escribió sobre el US Open, al que le dio el mismo tratamiento de zoológico consumista que a la feria de ganaderos y al crucero all inclusive; escribió sobre Federer en su mejor momento, ganándole la final de Wimbledon a Nadal, justo antes de que se diera vuelta la tortilla. Pero, de todo lo que escribió, me quedo con su ensayo sobre Michael Joyce, el mejor tenista del que nunca oíste hablar (salvo que seas lector de David Foster Wallace). Joyce tiene 22 años, es #79 del mundo, viene haciendo la mejor temporada de su carrera y su moneda gira en el aire: está por verse si se convierte en estrella o se queda en jugador del montón. Es notorio que Foster Wallace, que fue enviado por Esquire para cubrir el torneo de Canadá y no a este jugador en particular, se haya fijado en él y haya dedicado el grueso del artículo a su paso por las rondas de clasificación. El autor tiene más tela para cortar en las qualys: “La realidad del circuito de tenis profesional masculino guarda tanto parecido con las glamorosas finales que se ven en la tele como un matadero con un solomillo perfectamente presentado en un restaurante”. Nosotros sabemos, con el diario del lunes o la Wikipedia del 2025, que Joyce perdió en segunda ronda, que alcanzó ese año el puesto #62 del ránking, que ese ería el más alto de su carrera, que se retiró sin ganar un torneo y que sus mayores logros en el tenis los hizo después, como entrenador de Maria Sharapova. Saber eso, y saber lo que sabemos del autor, le da proporción a la descripción que Foster Wallace hace de Joyce, a quien pinta como a un artista, un semidiós, un santo:

No es solamente la habilidad atlética lo que hace interesante el nivel profesional. Es también lo que este nivel requiere: lo que le ha hecho falta al jugador número 100 del mundo para llegar hasta allí, lo que le hace falta para permanecer, lo que le haría falta para subir más todavía enfrentándose a otros hombres que han pagado el mismo precio que él.

La realidad del deporte de alta competición actual requiere una entrega temprana y total a una sola meta. Una concentración casi ascética. Subsumir casi todos los otros rasgos de la vida humana al único talento y la única meta elegidos. Aceptar vivir en un mundo que, como un mundo infantil, es muy pequeño y solemne.

La compresión radical de su yo y de su atención le ha permitido convertirse en practicante trascendente de un arte: algo que pocos llegamos a ser. Le ha permitido visitar y probar partes de su psique que la mayoría de nosotros ni siquiera estamos seguros de tener, manifestar de forma concreta virtudes como el valor, la perseverancia pese al dolor o el cansancio, el saber estar bajo un escrutinio y una presión paralizantes. En otras palabras, Michael Joyce es un hombre completo (aunque de una forma grotescamente limitada).

Lo mejor del ensayo es lo que Foster Wallace le exprime al sacrificio que necesariamente hacen los atletas profesionales y sus familias, lo que ese sacrificio dice sobre la cultura yanqui, que es casi lo mismo que la cultura occidental, sobre el individualismo, el entretenimiento y el consumo. Michael Joyce redujo la ecuación de su vida a una sola variable y la proyectó hacia el infinito. Pero no llegó.



9.​ Después de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y los ensayos sobre tenis, leí una colección de entrevistas a David Foster Wallace. El libro resulta entretenido e incluso clarificador de algunas de mis lecturas anteriores; el formato entrevista funciona como dique de contención para la verborragia de Foster Wallace, destilando en párrafos breves las genialidades que en sus libros le demandan 30 páginas de elaboración y notas cruzadas, resultando unos ensayitos chatarra que al autor seguramente le habrían parecido una forma espeluznante de acercarse a su obra. Noté que si bien ya había leído y disfrutado libros de entrevistas, incluso libros de entrevistas a escritores, nunca había leído un libro de muchas entrevistas al mismo escritor a través de los años. Y el efecto es un poco resacoso porque, por muy creativos que se pongan los entrevistadores, los preámbulos siempre se parecen un poco, crean un facsímil del personaje, dan la sensación de estar leyendo repetidamente el resumen de la vida de David Foster Wallace, como si uno se estuviera preparando para rendir un examen. ¿Cuántas veces hace falta leer que el autor estudió inglés, filosofía y matemática en Amherst, y que la primera novela que publicó fue su tesis de doctorado, que dio clases de escritura creativa, que se convirtió en celebridad con una novela de 1079 páginas, que su madre enseñaba inglés y que su padre fue alumno del último discípulo de Wittgenstein? ¿De qué me sirve saber que su padre le leía el Ulises a su madre, tomados de la mano en la cama, que Foster Wallace era adicto a la tele —entre otras cosas—, que vivía con dos perros y usaba una bandana para contener el sudor? Y leer todas esas biografías sintéticas sabiendo que necesariamente omiten algo, que no explican lo que sabemos nosotros, que el autor sufría depresión crónica y se terminó matando en un descuido de su familia. Toda esa minucia biográfica nos importa únicamente cuando es el propio autor el que la pone al servicio de su obra.



10.​ Como esto es un blog en 2025 y en un blog no hay nada para perder, el texto bien puede pasar sin una tesis. O podría improvisar una al final, en el último párrafo, a modo de conclusión, una posdata antojadiza difícilmente emparentada con el texto que la precede, asequible para unos pocos valientes, para los tercos perseverantes que aguanten hasta el final. De haber una, acá, la tesis sería esta: un texto no funciona si es pura autoficción o biografía, ni funcionan las crónicas inteligentemente escritas por un observador desapegado; pero si el autor está atravesado por aquello de lo que habla, si su experiencia transpira del texto sin necesidad de ahondar en sí mismo, si el autor o su voz o el personaje que se construye atraviesan la página o la pantalla, el texto funciona, cualquiera sea el tema, con o sin tesis, aunque el lector no sepa o no quiera ir a buscarla.




Facundo Olano Hay algo en el tenis que pide ser escrito y hay algo que me predispone a leerlo, pero hay, sobre todo, algo en David Foster Wallace que lo hizo el mejor para contarnos el tenis, para contarnos el mundo a través del tenis, para contarnos la vida posmoderna a través del tenis.