En un principio, la literatura era un tren en el que yo viajaba colgado. Para no soltarme, participaba de supersticiones como la de leer un solo libro a la vez y terminar todos los libros que empezaba. Después aprendí a relajarme y a ignorar las recomendaciones, las instrucciones, las opiniones preestablecidas y a dejarme llevar por el impulso y el placer. Con esa actitud intento encarar la mayoría de mis lecturas ahora y así también lo intenté cuando, hace muchos años, intenté leer Cicatrices… y me choqué con una pared.
Hay esa porquería de luz de junio, mala, entrando por la vidriera. Estoy inclinado sobre la mesa, haciendo deslizar el taco, listo para tirar. La colorada y la blanca —mi bola es la de punto— están del otro lado de la mesa, cerca del rincón. Tengo que golpear suavecito, para que mi bola corra muy despacio, choque primero con la colorada, después con la blanca y pegue después en la baranda entre la colorada y la blanca: la colorada va a golpear contra la baranda lateral, antes de que mi bola choque contra la baranda del fondo, hacia la que tiene que ir en línea oblicua después de chocar contra la blanca. Así: suavecito, mi bola va a despedir a la colorada —la cual va a chocar contra la baranda lateral— y va a rebotar hacia la blanca, mientras la colorada viene a su vez hacia la blanca desde la baranda lateral, en línea recta. Mi bola va a formar un triángulo imaginario. La colorada va a recorrer la base de ese triángulo, de una punta a la otra. Si el cálculo no es exacto la colorada no va a tener tiempo de recorrer una determinada parte del trayecto hacia la blanca. La colorada tiene que haber pasado ya determinado punto de la mesa —viniendo desde la baranda lateral— antes de que mi bola choque contra la baranda del fondo y vuelva para abajo otra vez, despacito, en línea oblicua.
Así proseguía la narración por varios párrafos y varias páginas, discurriendo sobre la mesa de billar, como si el punto de vista no correspondiera a un sujeto sino a una cámara ocupada en las alternativas del taco y las bolas y el humo del cigarro y la interacción de cada una de esas cosas con la luz eléctrica y la luz de la calle. Una cámara empecinada en el detalle, como esa que al principio de Blue Velvet se hunde en el pasto y se amontona con los bichos, como esa pero como si esa persistiera ahí, en esa perspectiva, durante las dos horas de película. Porque eso que en Cicatrices yo suponía un canchereo inaugural que el autor hacía para ahuyentar a lectores despistados (como yo), se prolongaba todavía por páginas e incluso más allá de esa primera escena. Se prolongaba, de hecho, por el resto de ese libro y aún en otros 15 más que escribió Saer durante 35 años, porque constituía, más o menos, su programa estético. Cicatrices, en fin, me resultó impenetrable —en palabras de Martín Zariello: inabordable— y, como yo supersticioso ya no era, la abandoné.
Unos años después, durante la primera cuarentena, ese tiempo en que, un poco como, supe un poco después, Saer hacía en sus novelas, el tiempo parecía detenerse o estirarse hasta que perdíamos su noción (la del tiempo), lo que nos llevaba a ocupaciones exóticas como amasar pan o mirar la bundesliga, hice otro intento de leer a Saer, con El entenado. Y esta vez, sí, pude terminar el libro, e incluso disfrutarlo por momentos, aunque la operación en su conjunto tuvo menos de placer que de hazaña, de ejercicio de destreza y resistencia, como hacer flexiones de brazos o amasar pan o extraer entretenimiento de un desolado partido de fútbol alemán. La del Entenado fue una lectura que no floreció en nada, que se cerró sobre sí misma.
Más años más tarde, en 2024, siguiendo un nuevo impulso pero ya mucho más consciente de eso en lo que me estaba metiendo, me llevé a un viaje La pesquisa. Y porque estaba mejor preparado y era otro momento y yo era, en cierta medida, una persona distinta (si bien, en otra medida, ¿no?, la misma), y por determinadas características particulares de ese libro a elaborar más luego, no solo lo terminé y lo disfruté sino que inicié con él un proceso de lectura en el que Saer pasó de inabordable o de difícil abordaje a ser uno de mis escritores favoritos y el que más leo desde entonces. Resulta que no solo Saer escribe difícil, no solo exige trabajo y paciencia, sino que hay que saber por dónde entrarle. Quiero vindicar entonces a La pesquisa como punto de partida.
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En muchos pasajes de los libros de Saer parecería que no pasa nada, o que pasa poco, infinitamente lento, repetidamente, hasta la exasperación. Y eso poco que pasa, ese esbozo de argumento, a contramano de la narrativa tradicional, aparece subordinado, funciona apenas como soporte para algo otro, para una forma construida por acumulación de percepciones y descripciones. La prosa de Saer es sumamente bella, pero de una belleza accesible a la lectura poética: una lectura que se desembarace de lo informativo para enfocar en la cadencia de las frases y en la superposición de imágenes. Saer abunda en digresiones metafísicas, en descripciones microscópicas, minuciosas y rebuscadas, en párrafos interminables y oraciones zigzagueantes que exigen del lector como un salto de fe, un abrirse camino a través de cláusulas y enumeraciones hasta un sujeto o un predicado que se precipite en revelación. Y después está el humor, el humor de las ocurrencias y los delirios de los personajes pero también de la propia construcción de las frases, humor hecho de insistencias y cambios de ritmo, de metáforas extravagantes, de la conjunción de lo mundano con lo trascendente. Una vez nos acostumbramos a ese estilo, al modo de lectura que demanda, aprendemos a saborearlo aún en la desorientación y el trastabilleo; y aún si no pasa objetivamente nada y la narración parece no conducirnos a ninguna parte, aún así algo sedimenta, algo queda que va a cristalizar más adelante, tal vez incluso en otros libros.
Todo eso está ya consolidado en La pesquisa, obra tardía de Saer, pero La pesquisa es, también, como aclara el subtítulo, una novela policial, y eso agrega dimensiones de lectura. Quiero decir que, aunque el género es apenas un punto de partida y como siempre Saer subordina la trama a la forma, hay a fin de cuentas un asesino serial matando viejas en París y un detective protagonista que lo persigue y eso le da al lector primerizo un soporte argumental del que aferrarse. Acá, decididamente hay algo que sucede, y aunque los hechos sean accesorios al dispositivo narrativo, el lector se involucra en el esclarecimiento de los crímenes y en la búsqueda del asesino.
Pasado un tercio del libro, ya envueltos en ese esquivo misterio policial, nos enteramos de que lo que leemos se lo está contando un personaje a otro en un patio cervecero en Santa Fe. De un salto el relato se traslada de París a la zona, ese territorio ficcional que Saer pobló de personajes recurrentes a lo largo de su obra. Surgen entonces todos los temas clásicos de Saer: amigos contándose historias (glosando), en este caso Tomatis y Pichón Garay, el río Paraná y el calor tórrido del litoral, carne asada, pan y vino, descripto todo desde la primera burbuja crepitante hasta el último reflejo tornasolado.
Así La Pesquisa nos propone ingresar desde lo universal a lo específicamente saeriano, pero hay más: el relato de los crímenes lo hace Pichón, emigrado a París 20 años antes, que ahora, como nosotros, juega de visitante. El relato se lo hace a Tomatis, el personaje más frecuente y en el que Saer más vuelca de sí mismo, pero se lo hace también a uno de los “nuevos”, Pinocho Soldi, cuya perspectiva se asemeja un poco a la nuestra:
Soldi —Pinocho para los amigos, como ha dicho Tomatis en el momento de la presentación— los viene a su vez observando en los últimos quince días. Desde un par de años atrás, cuando se acercó por primera vez a Tomatis, lo oye hablar con frecuencia de los mellizos Garay, uno de los cuales desapareció hace unos ocho años, sin dejar rastro como se dice, y el otro vive en París desde hace más de veinte. Según Tomatis, eran tan idénticos que la gente los confundía todo el tiempo y ellos mismos, sin siquiera haberse puesto de acuerdo de un modo explícito, contribuían con maniobras sutilísimas, por pura broma o por razones oscuras incluso para ellos, a aumentar la confusión. De modo que, ahora que ha conocido personalmente a uno, a Soldi le parece que los dos han entrado a través de su experiencia en su imaginación, y que se ha filtrado en ella, probablemente ya para siempre, la misma confusión. El único ejemplar todavía viviente del inconcebible ente repetido que supo atravesar la luz del día en la ciudad durante tantos años, le sirve a Soldi como referencia empírica para representarse, cuando escucha a Tomatis hablar de ellos, a cualquiera de los dos e incluso a los dos a la vez, como una misma imagen desdoblada y no como dos seres autónomos y diferentes.
A veces, cuando escucha hablar a Tomatis y a Pichón, si bien todo lo que dicen lo divierte y le interesa, después, cuando se queda solo, tiene que someterlo a una especie de traducción: los juicios que emiten le parecen exactos en el momento en que los escucha, pero en las horas y en los días siguientes los descompone en todos sus elementos simples, sometiendo cada uno de ellos a un examen riguroso. La compañía de esos dos cuarentones irónicos y tranquilos, ya más cerca de los cincuenta que de los cuarenta a decir verdad, lo delecta aunque, o tal vez por eso mismo, las convenciones que presiden su conversación se le escapan. Aunque la relación que mantiene con ellos, y sobre todo con Tomatis, con quien desde hace más o menos dos años se ve casi todas las semanas, se ha establecido en un plano de igualdad, Soldi cree notar que, cuando se dirigen a él, los dos amigos cambian imperceptiblemente de tono, y sus frases parecen volverse levemente más claras y explicativas que las que intercambian, elípticas y llenas de sobreentendidos, cuando hablan entre ellos.
La historia progresa alternadamente entre París y Santa Fe, y ya nos interesa menos descubrir al asesino que observar a Pichón y a Tomatis discutiendo la posibilidad de descubrir al asesino, su conversación cruzada por los recuerdos de ese día y de los días anteriores y de otros días recordados de veinte años atrás. Y, sobrevolándolo todo, la ausencia del Gato Garay, aquel significativo doble de Pichón que sabemos apenas que ya no está más.
La obra de Saer funciona como un gran rompecabezas en el que los personajes entran y salen, se prestan el protagonismo, retoman o refieren episodios de un libro anterior o preparan el terreno para uno siguiente. Quizás porque cada relato se divide infinitesimalmente es que el argumento, demorado más que ausente se estira para concretarse a lo largo de los libros y los años. La obra es un rompecabezas y es curioso y satisfactorio que entrando por La pesquisa ese rompecabezas se preste a una resolución en clave policial. Podemos retroceder en la obra de Saer buscando todo eso que se esboza y se implica en el patio cervecero: ¿Qué pasó con el Gato Garay? ¿Cómo murió? ¿Cómo era su relación con Pichón? ¿Cuál es el peso de esa ausencia entre los que quedan todavía?
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Un recorrido que empiece por La pesquisa debería continuar, a mi criterio, con los cuentos de Lugar, porque es el libro inmediatamente posterior, porque es el último libro de cuentos de Saer y él propuso leerlos del último al primero, y porque dos de sus cuentos retoman el relato exactamente ahí donde lo deja La pesquisa, ofreciendo su lectura el placer de la pieza de puzzle bien puesta.
De ahí habría que seguir con La mayor, el previo libro de cuentos cuyo A medio borrar, el que más me gustó de todos los que leí, relata los últimos días de Pichón antes de emigrar a Francia. La mayor incluye también el relato del mismo nombre, quizás el más radical de Saer, que resulta una buena medida para saber cuán lejos estamos dispuestos a ir:
Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo, masticaban despacio y estaban, de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, conservado mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té que humea, los años: mojaban, en la cocina, en invierno, la galletita en la taza de té, y sabían, inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, por decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o lo que creían que debía ser, ¿no es cierto?, un mundo. Y yo ahora, me llevo a la boca, por segunda vez, la galletita empapada en el té y no saco, al probarla, nada, lo que se dice nada. Sopo la galletita en la taza de té, en la cocina, en invierno, y alzo, rápido, la mano, hacia la boca, dejo la pasta azucarada, tibia, en la punta de la lengua, por un momento, y empiezo a masticar, despacio, y ahora que trago, ahora que no queda ni rastro de sabor, sé, decididamente, que no saco nada, pero nada, lo que se dice nada. Ahora no hay nada, ni rastro, ni recuerdo, de sabor: nada.
Después se puede seguir en orden la secuencia de la zona en orden de publicación: Cicatrices (la más madura de las novelas tempranas o la más temprana de las novelas maduras), El limonero real (la más experimental y para mí la más engorrosa), Nadie nada nunca (que relata los últimos días del Gato Garay, ominosamente intrascendentes), Glosa (algo así como el clímax de la serie, que resignifica toda la obra), de la que cito este pasaje, a cuento de nada:
Leto contempla, no sin bienestar, el campo por la ventanilla. Cada diez o quince kilómetros, el coche motor para en una estación, unos pocos minutos, como para dejar bajar o subir las bolsas del correo, los viajantes, el comisionista, los comerciantes que vuelven de sus compras de reabastecimiento en Rosario, los paquetes de diarios y revistas, los pasajeros que van de un pueblo a otro, escasos en comparación con los que vuelven de Rosario, como si entre esos pueblos el contacto estuviese prohibido y únicamente les fuese posible relacionarse a través de la ciudad abstracta y distante, esos pueblos de la llanura cuadriculados como el campo que consisten, regulares y estrictos, en dos hileras de casas, no pocas de ladrillos sin revocar, de cuatro cuadras de largo, una a cada lado de las vías, y separada, cada hilera de casas, ¿no?, del campito de la estación, por un alambrado, un molinillo y una calle ancha y de tierra —y en las puntas de las cuatro cuadras, dos calles laterales que cierran el cuadrilátero y se elevan un poco al llegar a las barreras, pueblos que son, por decirlo así, como una concesión mezquina de la llanura para volver un poco más rugosa, a intervalos fugaces y regulares, su geometría simplista y monótona. Para Leto esos pueblos son la infancia —la infancia, es decir, en su caso, las idas y venidas en tren o en coche motor, las vacaciones, de verano o de invierno, en casa de sus abuelos, el negocio de ramos generales de su abuelo, con sus mostradores largos y oscuros, las piezas de tejidos de colores, estampados, floreados, a rayas, a lunares, cuadriculados, o con florcitas negras y blancas de medio-luto, puestas unas encima de las otras y ordenadas en diagonal sobre las estanterías, los paquetes amarillos de yerba, acomodados con minucia, con el dibujo y las letras de la marca repetidos en varias hileras, las pirámides de latas de conserva, idénticas, levantadas en el fondo del local, los frascos de caramelos, las pilas de paquetes de cigarrillos clasificados por marca, los de tabaco rubio a la izquierda de la estantería, los de tabaco negro en el medio, toscanos, toscanitos, fósforos, tabaco y papel de armar a la derecha; los grandes cajones de azúcar, de lentejas, de garbanzos, de fideos, las pilas de bacalao rígido y cubierto de sal gruesa, las maletas para la cosecha que olían a cuero y a grasa, las botellas de vino, de aperitivo, de licor, de cerveza puestas en orden, por tipo, por marca, por tamaño, las vitrinas con artículos de tocador, la fiambrera, la balanza, el metro de madera lisa, brillante, oscura y sobada, los almanaques y las pantallas de cartón de propaganda, con fotografías de estrellas de cine, de equipos de fútbol, dibujos humorísticos o artísticos, las cajas de zapato, los tambores de querosén o de alcohol de quemar en el depósito, no lejos de las pilas de jabón de lavar la ropa, la harina, la sal, el aceite, y, sobre todo, las cajas de «Quaker Oats» con el dibujo del hombre que tiene en la mano una caja de «Quaker Oats» más chica con un hombre más chico que tiene en la mano una caja de «Quaker Oats» todavía más chica con un hombre más chico todavía que tiene una caja más chica de «Quaker Oats» con un hombre todavía más chico que tiene en la mano, ¿no?, más chica todavía, ¿no?, en fin, así, ¿no?, como… ¿no?, la infancia, decíamos, o como decía más bien, un servidor, o sea, es decir, ¿no?, la infancia: construcción interna y errabundeo externo, convalescencia de la nada, verdad corporal contra mentira social, esperanza de goce contra decepción generalizada, la misa de los domingos, la persecución, tortura y muerte de langostas y sapitos entre los árboles del fondo, las noches espantosas bajo el crucifijo que cuelga de la cabecera de la cama adornado con ramas de olivo seco del último domingo de Ramos, los camisones blancos de tías, primas, abuela, los tíos que toman cerveza fresca bajo los árboles, al atardecer, el silbato de los rápidos que atraviesan el pueblo llenándolo de trepidaciones, la infancia en la que ya Leto ha empezado a decirse, sin palabras ni conceptos, sin ni siquiera imágenes ni representaciones, ¿no?, «Esto no era lo que yo esperaba», «Todavía no es como yo pienso que debe ser», «No es posible que esto sea todo».
Me quedan todavía por leer Lo imborrable (donde un protagónico Tomatis toma la posta del libro anterior) y La grande (novela póstuma y levemente inconclusa donde Saer junta por última vez —en un último asado— a sus personajes). Después están las novelas “históricas”, esas que se desconectan sino del lugar sí del tiempo y de los personajes de la zona: El entenado, La ocasión, Las nubes. Estas se pueden leer en cualquier orden pero me parece de especial interés Las nubes, otro relato dentro del relato cuya breve introducción se desprende del encuentro de La pesquisa.
Y aunque yo no soy de leer crítica sí disfruté intercalarla un poco en estas lecturas: Las tres vanguardias de Kohan (después de La mayor), Zona Saer (después de Glosa) y el capítulo sobre Saer en Escritos sobre literatura argentina, también de Sarlo (después de La grande).
Para cerrar el ciclo correspondería, me parece, volver a La pesquisa, ya con total contexto de lo que hubo antes y lo que viene después, ya no con esa mirada incipiente de Pinocho Soldi sino con la de Pichón Garay, la mirada de quien vuelve, después de muchos años, a ese territorio mitológico que tan bien supo conocer:
Habiendo llegado cada uno por sus propios medios, provenientes de diferentes puntos de la ciudad que ya había entrado en la noche, recién bañados y cambiados, hambrientos y sedientos, y sobre todo con ganas de seguir conversando, se encontraron en el patio iluminado por las hileras de luces que cuelgan de las paredes blancas, de las ramas de las acacias gigantes y de las palmeras. Para estar más tranquilos, eligieron a propósito la mesa más alejada de la entrada y se sentaron, cuando todavía no había empezado a llegar demasiada gente, Tomatis de espaldas a la entrada, donde están instalados el bar, las parrillas y la cocina, adosados a una pared de ladrillos pintada de blanco y protegidos por un techo común de paja, Pichón enfrente de Tomatis, de modo que ha estado todo el tiempo observando al barman y a los cocineros, y el ir y venir de los mozos por los senderos rojos de ladrillo molido para servir las mesas dispersas entre los árboles, y Soldi equidistante de los dos, en la cabecera, viendo todo el tiempo, más allá de las ruedas de carro de distinto tamaño pintadas de blanco, de la parecita de balaústres blancos y de la calle oscura, el edificio achatado de la Terminal de Ómnibus que, aunque ha sido inaugurado hace ya veinte años, Pichón sigue llamando todavía la Terminal Nueva. Los tres tienen residuos de las sensaciones que han experimentado a lo largo del día caliente y luminoso, y el paseo por el río, la visita a Rincón Norte, los vericuetos de islas desteñidas y de agua, les dejarán seguramente a los tres recuerdos propios, salidos de una experiencia común, pero intraducibles a los idiomas privados de los otros, y que los acompañarán hasta la muerte. Han llegado de vuelta a la ciudad en el rumor del anochecer, y la ducha rápida que se han dado no les ha procurado más que una frescura pasajera, un alivio momentáneo y superficial. Únicamente la conversación los ha hecho olvidarse durante un par de horas del calor embrutecedor, del tiempo inquietante y oscuro que los atraviesa, continuo y sin cesuras, como un fondo constante y monocorde. Alertas y volubles, graves y juguetones, reconcentrados y al mismo tiempo disponibles, durante un par de horas han obligado a las fuerzas que tiran hacia lo oscuro a quedar fuera de sus vidas, sin dejar de saber ni un solo instante que, en las inmediaciones, dispuestas como siempre a arrebatarlos, esas fuerzas palpitan todavía.