Los museos no se me dan bien. No últimamente. Antes, sí: hubo un tiempo en que hacía excursiones insólitas desde Ciudadela hasta el museo de Bellas Artes y pasaba horas mirando un puñado de cuadros que por alguna razón u otra me llamaban la atención. Me gustaba acercarme hasta notar el trazo del pincel y el relieve de la pintura y alejarme hasta que las pinceladas configuraban un mosaico y alejarme otro poco hasta que el mosaico reconfiguraba un rostro. Cuando empecé a viajar disfruté así algunos museos con cuadros de Rembrandt y Van Gogh. Pero los grandes museos, los museos famosos, el Louvre, el Prado, me aburrieron—me aburren. Puede que la actitud contemplativa que exige el museo sea difícil de conciliar con el trance turístico. Me pasó otra vez en el Museo de Historia Natural de Nueva York. Las ciencias naturales me interesan mucho menos que el arte, pero me parecía importante hacer el intento, ver qué sentía ahí adentro; supongo que quería darme una oportunidad de tener una epifanía como la del protagonista en The Squid and the Whale. No pasó. Imposible saltar del Big Bang a las capas geológicas a los dinosaurios a la fauna marina a la agricultura mesopotámica. Como mirar cuatro películas seguidas, de géneros distintos, en 2x. De todas las secciones de los museos la que más me aburre, por lejos, es la de antropología; los cacharros de los incas, los hábitos de los pueblos oceánicos, ese tipo de cosas. Ahí suelo apurar el paso. Pero en una de esas muestras, en el Museo de Historia Natural, algo me llamó la atención. Había un rincón meta dedicado a Margaret Mead, una investigadora que hizo grandes contribuciones a la materia de esa sala, las culturas aborígenes del Pacífico. Había una biografía, alguna foto de Mead sentada en su oficina en ese mismo museo, un loop documental en pantalla. Aparentemente Mead no solo había sido una pionera sino que prácticamente había inventado el método de la antropología moderna. En la pantalla, colegas y alumnos la describían como encantadoramente excéntrica y obsesionada con su trabajo.
Me intriga lo nerd en todas sus formas, cualquier persona fascinada por su disciplina, aunque la disciplina en sí me resulte indiferente o, como en este caso, francamente aburrida; me siento hermanado con quien vive a través de su oficio o área de estudio o forma de arte, no importa si escritor, director de cine, programador de videojuegos o antropólogo(a). Ese arrebato, esa simbiosis con la actividad, ese volcarse sobre la materia, me parece una plenitud, una forma genuina de estar vivo; seguramente no la única forma de vivir ni la más recomendable pero una que es austera y resistente. Y el producto de tal actividad, bueno o malo, queda imbuido de esa vida que el artesano le vuelca. Todo esto, claro, lo pensé después, lo digo ahora, retrospectivamente, tratando de explicarme por qué me detuve en ese rincón de la muestra aquella vez; en ese momento solo paré cinco o diez minutos, lo suficiente para guardarme un nombre, y seguí.
Ese nombre volvió unos meses después. Había leído una reseña de una novela de Lily King y estaba curioseando su bibliografía, y resulta que en uno de sus libros la protagonista es una antropóloga inspirada en Margaret Mead. Pero no busqué ese libro, supongo que porque el escenario “selvático” que describía la sinopsis no me resultó inmediatamente evocativo. Así que me puse a leer otro, Writers and lovers, una novela cuyo argumento navega la zona de confort de escritora con vida profesional y amorosa igualmente estancadas. Pero ese cliché lo navega con elegancia: la protagonista tiene una edad en la que ya probablemente su carrera no vaya a suceder; la mayoría de sus colegas de la universidad, antes aspirantes a artistas, se dieron por vencidos y ahora tienen prósperos trabajos “serios”; ella sigue de moza, paseando perros para pagar el alquiler. Lo que me gustó del libro es que en vez de revolcarse en lo difícil de la escritura, entra mucho más en lo difícil y sacrificado que es el oficio de moza. Estuvo bien.
Y después, el otro libro de Lily King, el de Margaret Mead, me lo encontré en una librería de la calle Corrientes, enfrente de Güerrín. Un poco por nostalgia, porque hacía años que no me llevaba algo prometedor de las mesas de saldos, un poco porque no estaba en mis planes pero la improvisación rejuvence la lectura, me lo compré. Claro que tenía que comprarlo. Tenía que comprarlo, pensé después, al leer, porque la vida de alguien así entregado a su oficio me parece interesante en sí misma y me parece, a su vez, siempre una historia esperando a ser contada. Pienso en las aventuras tenísticas de Foster Wallace. Pienso en los textos de Juan Forn, que me enganchan con la vida de un matemático húngaro o un paisajista japonés, aunque ni la matemática ni el paisajismo sean mi materia, aunque no sepa nada del tema antes de terminar el primer párrafo. Forn le puso a su libro Yo recordaré por ustedes pero bien podría haberse llamado Yo leeré para ustedes. Eso hace falta, lectores vocacionales, investigadores, curadores que vayan a las fuentes pero no a pescar factos sino para traerse (traernos) algo nuevo, cargado de su propia humanidad. Resulta que algo así, también, era lo que hacía Margaret Mead.
Dejo a mi mente hacer su pastiche entre personaje histórico (del que sé casi nada) y personaje ficcional (que para mí es más real—más verdadero). Mientras que sus colegas observaban a la distancia, componían estadísticas, le medían el cráneo a los nativos, Mead se mezclaba con estos, se ganaba su confianza, les sonsacaba información. No le preocupaba que su presencia distorsionara eso mismo que pretendía observar; la cercanía era necesaria para acceder al tipo de verdad que estaba buscando. Por meses acumulaba notas de campo pero no sabía qué libro estaba escribiendo hasta que volvía a su oficina en el museo y le minaba sentido a todo ese material. Lo que resultaba del proceso no eran papers ni tratados científicos sino unos libros de divulgación un poco volados y escandalosos que se terminaban convirtiendo en best sellers. Mead escribía sobre los pueblos del Pacífico pero estaba hablando de occidente, de ella misma, de todos. Sus colegas, que la resentían, entre ellos quien fue su marido y compañero de trabajo, la acusaban de novelista.
¿Me gustó el libro? No sé si me gustó, me costó un poco terminarlo, me interesaba menos el texto que lo que alcanzaba a intuir sobre sus personajes. Me llevo algo que no está en la novela de Lily King sino en lo que de ella hicieron mi lectura, mi breve paso por el Museo de Nueva York, Wikipedia, las fotos de una joven Margaret Mead con sus dos maridos y una vieja Margaret Mead hablando por televisión. Me llevo eso y un recuerdo de los días, días de viaje y días de lectura, días de escribir esto, estirándose todo como un chicle hacia el futuro.